Hace 60 días estuve en una conferencia internacional donde consultores y académicos armados de estadísticas trataban de adivinar el futuro del trabajo, del estudio y la universidad. Estaba en Milán, pero el COVID-19 no había paralizado el mundo occidental.

Los reunidos decían que las empresas esperan a que sus colaboradores se apunten a la transformación digital logrando una armonía entre los conocimientos en tecnología y las habilidades de gestión. Así mismo, destacaban la importancia de tener la amplitud mental para integrarse en equipos diversos y multiculturales; un mindset emprendedor y la sensibilidad para los temas sociales y medioambientales.

La universidad que forma a los estudiantes para las empresas del futuro es un lugar que fomenta el pensamiento crítico y analítico a la par de la innovación y creatividad; donde no hay tabúes y se cuestiona el status quo; al tiempo que se comparte un profundo sentido de responsabilidad.

De las aspiraciones de estos tres actores – empresas, estudiantes y universidades – surge la imagen del mundo laboral del futuro que se puede resumir en tres principios básicos:

El individuo será un estudiante durante toda su vida; se empleará en lo que haga falta o creará su propio emprendimiento, tendrá consciencia del impacto y sentirá una profunda responsabilidad. ¿Es posible que el COVID-19 nos haya acercado aceleradamente a este futuro esperado?

Analicémoslo:

1. Estudiante durante toda la vida

Muchas personas tienen colgados sus diplomas, no como el punto inicial de su proceso de aprendizaje sino como un logro definitivo. Si el mundo laboral del futuro exige estudios durante toda la vida, las relaciones entre los estudiantes y las universidades como comunidades de aprendizaje y co-creación de conocimiento deberán a empezar a eliminar la amplia percepción de los diplomas como trofeos.

Al mismo tiempo, el concepto de universidad como un campus también va a tender a desaparecer. La digitalización de los contenidos; el diseño pedagógico orientado al aprendizaje de los estudiantes en un ambiente multimodal, donde lo presencial y lo virtual se mezclan; la calidad de las ideas compartidas en un espacio global articulado por redes sociales da protagonismo a los individuos quitándole peso a las instituciones.

2. Profesiones que hoy no existen

No sabemos cómo serán los empleos del futuro, pero sí sabemos que habrá una necesidad de emplearse en actividades diferentes. Hoy, por ejemplo, existen empleos como creador de noticias falsas o eliminador de contenidos ofensivos en redes sociales.

Hay un gran número de personas que sueñan con crear su negocio innovador mediante tecnología avanzada, para llegar a transformar industrias completas o por lo menos su suerte financiera. La verdad es que emprender también significa asumir riesgos financieros, lo que puede traducirse en una menor seguridad económica para los trabajadores. Un remedio para esta situación sería acceder a capital de riesgo, que es todavía escaso por fuera de los grandes ecosistemas de emprendimiento de alto impacto.

La situación actual trajo la noción de riesgo financiero para amplios segmentos de la población, pero también nos ofreció una gran oportunidad de inventar algunos de los trabajos del futuro hoy. Quienes pueden apalancarse en su espíritu emprendedor y domar sus miedos tienen un enorme horizonte para innovar.

3. Individuo con conciencia del impacto

Los sistemas productivos hoy están tan interconectados que una sola decisión como, por ejemplo, escoger uno u otro fondo de pensión puede tener impacto en el desarrollo de la industria petrolera en Alaska o en el nivel de trabajo infantil en India. Un número cada vez mayor de personas toma conciencia y trata de entender las relaciones de causa y efecto en estas cadenas de interdependencias. Los movimientos por tomar decisiones responsables con el medio ambiente y las comunidades están canalizando mucho interés y energía, especialmente entre las generaciones jóvenes. No obstante, los directores en las juntas directivas de hoy no tienen la preparación para pensar en estas categorías y necesitan de manera urgente desarrollar estas sensibilidades.

El COVID-19 demostró dramáticamente las interdependencias entre comunidades cercanas y lejanas y agudizó nuestras sensibilidades con las injusticas sociales y los abusos medioambientales. Nuestra capacidad de repensar la vida después de la emergencia con una mirada sensible y empática imprimirá una nueva matriz en las tecnologías, modelos de negocio y pautas de consumo durante los años venideros. Tomar conciencia de esta responsabilidad individual y colectiva en el momento actual y escuchar a las voces del cambio representará una revolución silenciosa comparable en su impacto con la caída del comunismo hace 30 años.

Este nuevo contexto parece volver a leer a Darwin quién fue el primero en afirmar que no sobreviven las especies más fuertes o inteligentes, sino las más adaptables al cambio.

Por: Veneta Andonova
Decana de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes

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